Arte de proyecto y lenguaje políticamente correcto: La extinción de los artistas bohemios. La noche de los artistas funcionarios. Pablo Milicua

El creciente control mediático sobre la expresión y la represión jurídica a través de la denuncia de colectivos ofendidos se deriva de un consenso en torno a los límites del lenguaje que ha ido imponiéndose con falsa naturalidad en las dos últimas décadas. En un clima de recesión de las libertades, anterior a la recesión económica, se ha llegado a extremos paradójicos y circenses: titiriteros y raperos encarcelados, linchamientos virtuales de casanovas incompetentes, estrellas ofendidas reajustando los baremos de intercambio sexual en ceremonias hollywoodenses y nada de esto resulta mínimamente divertido.

Pero: ¿ A quién le importa la diversión? Se trata de lo correcto.

Lo correcto ha sido establecido por una serie de consensos mediáticos, principalmente periodísticos, tácitos y bíblicos, desde supuestos que se dan por supuesto. También incluso desde plataformas institucionales en torno al denominado arte contemporáneo. La desactivación del cuestionamiento perpetuo y el culto a lo desconocido intrínsecos al arte de las vanguardias, la neutralización del componente bohemio, libertario o simplemente revoltoso del caldo artístico, la desacreditación de lo experimental, han sido producto de un sistema expositivo excluyente desarrollado en torno a la política funcionarial del arte de proyecto.

El arte de proyecto fué heredero directo de la proliferación de las escuelas de arte durante los ochenta y noventa y de la profesionalización artística. El boom de la natalidad artística y de las facultades de Bellas Artes implicó una idea de profesionalidad artística específica. El artista genial, el rabioso poseído por una furia creativa incontenible, el vidente guiado por poderes superiores, el mero autodidacta, pasaron a ser sospechosos de encarnar una parodia kitsch bajo la mirada inquisidora y burlona de legiones de adeptos al oficio en busca de empleo.

Profesionales eficientes ocuparon funcionarialmente el nicho ecológico del creativo vocacional. De su simbiosis nupcial con las instituciones nació un arte donde se produce un deslizamiento jerárquico entre los conceptos de obra y proyecto. La obra representa lo hecho, lo acabado. El proyecto representa lo que está por hacer. La obra es un discurso a largo plazo construido por piezas- obras- a lo largo del tiempo. El proyecto es futuro, una posición programática, una declaración de intenciones y un borrador de deseos a la carta que depende de la complicidad financiera del comitente para llegar a ser realizado.

El carácter ambiguo de un arte que actúa desde el proyecto establece un paralelismo con un sistema político que surge de la promesa electoral. Ambos trabajan con la base común de apoyarse en un conjunto de informaciones atractivas que permiten al emisor llegar a gestionar unos recursos reales que aseguran su supervivencia y bienestar. El arte de proyecto es una representación publicitaria.

Cercano al discurso periodístico, político y publicitario, el arte de proyecto adopta el aspecto de una crítica fría de corte sociológico, que parte de unos valores consensuados que tiende a reforzar. Siempre dentro de una cierta disidencia tolerable, el proyecto se convirtió en el arte oficial del régimen de la democracia postmoderna anterior a la crisis. La institución cultural desarrolló orgánicamente, con naturalidad, procedimientos funcionariales destinados a la promoción y desarrollo de un aparato paracrítico inocuo, de aspecto periodístico y político: el lenguaje del propio poder administrativo.

El ceremonial autocrítico que pudiera representar la subvención de un arte parapolítico aparece cercano a una propaganda desideologizada. La capacidad subversiva de un arte político elitista es menor que la de los métodos artísticos humorísticos, la caricatura y la sátira, que parten del cuestionamiento del poder por ridiculización en el amplio marco de la cultura popular.

Por ello, el humorismo es el principal blanco de la censura. O del odio fundamentalista. El poder político o religioso parte de una sacralización desde la cual la broma es siempre ofensa. Cualquier poder y más aún cualquier aspirante al poder, toda fé y toda convicción, nación y religión, tiene algo irrisorio, profundamente ridículo, basado en falsas convenciones, vulnerables por desear patéticamente ser tomadas en serio, por ser manejos intelectuales aparentes que justifican o disfrazan intereses económicos reales.

La convención del lenguaje correcto implica una exigencia de respeto. Escudándose en el respeto hacia el excluído y hacia el débil, buscando un respeto para sí mismo, genera una autocontención culpable que desemboca en la obediencia hacia el poder. Este respeto artificial desactiva cualquier intento de crítica real, de subversión, de irrisión, de cuestionamiento, de desenmascaramiento. Establece unos límites. Exige un comportamiento discreto más alla del cual el sujeto pasa a ser un transgesor malo. La risa es una ofensa, la burla es un insulto.

Los límites, interiorizados por el artista-periodista, se convierten en represión interior. Artistas santurrones y veganos reprimen al marqués de Sade que se retuerce en su inconsciente. Creen poder domesticar su pulsión animal. Santifican su oficio con la corrección ejemplar de su reponsabilidad social. Se obstinan en su trabajo funcionarial administrando la información sobre la realidad, didáctica, pedagógicamente.

Cuando el arte era pop fluxus dada rompía límites. Experimental y transgesor, loco. El delirio y la alucinación, el advenimiento de otros mundos. La creatividad, lo nuevo, lo raro. El artista mutante embajador de otra realidad a base de exponer su propia realidad interior abre los ojos de sus vecinos. Eso sí es arte político, pero no de partido. Es disidente, es antiministerial, poco serio, un disparate. El absurdo, la paradoja y la contradicción sobrevuelan las vallas electrificadas de la lógica pedagógica.

El arte no es una camisa de fuerza. No está hecho para reforzar el sentido común. Verdades de parvulario y evidencias de catequesis no son arte. Arte es comida para tus ojos y para tu cabeza. Misterio y enigma. Otro mundo, otra realidad, aquí y ahora.

http://latamuda.com/conversando-pablo-milicua

 

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