Cartas a la cárcel. Anna Gimein. Ilustración: Después de Pavlensky. Fernando Baena

Con quince años, hice algo que las jóvenes solitarias hacían en aquella época aun de las cartas; escribir a un preso. Contesté a un anuncio por palabras que vi en un periódico por casualidad. Conseguí intercambiar unas cuantas cartas con un joven encarcelado por robo a mano armada antes de que me madre me pillara y pusiera fin a la situación. No era tan rebelde como para continuar a escondidas, sobre todo porque, a decir verdad, las cartas que recibía eran un tanto torpes y aburridas; probablemente, parte de mi se alegró de tener un motivo externo para cortar la correspondencia.

 

Pocas cartas personales viajan ya por el mundo real, pero sigue existiendo un contexto en el que las palabras sobre papel enviadas por correo, continúan teniendo importancia: la cárcel. Estos días, doy vueltas a la carta que podría escribir a un hombre. Es artista. Conozco su trabajo desde hace años. Durante ese tiempo, una parte importante de su vida ha transcurrido en diferentes cárceles. Y es por eso que he llegado a hablar con su compañera, su curador, su galerista, su editora, su abogada, algún amigo, el inspector encargado de una de sus causas, pero no con él. En la esperanza de que pronto estará en libertad, he pospuesto este gesto personal, pensando que una carta de una desconocida no será otra cosa que sino un gesto vacío, quizás una molestia. Con el tiempo, he entendido que el encarcelamiento puede prolongarse y que, con el poco mundo exterior que penetra en una celda de régimen de aislamiento de una prisión, incluso una prisión europea, una carta de una desconocida puede ser bienvenida. Pero, ¿qué decirle a un hombre a quién no conozco? Hubiera sido más fácil escribirle antes, cuando aún era un extraño para mi.

 

Su nombre es Pyotr Pavlensky. En este tiempo, he leído varias cartas escritas por él desde la prisión: respuestas a preguntas de entrevistas realizadas necesariamente por escrito, algunas cartas a amigos que se han hecho públicas. Conozco su voz por películas y vídeos anteriores y, cuando leo, le oigo decir las palabras en la forma cálida y abierta que tiene su habla. Las cartas, por lentas que sean en alcanzar a sus destinatarios, siempre han sido, y en muchas ocasiones aún son, uno de los pocos medios que tienen los reclusos para comunicarse con el mundo exterior.

 

Las cartas desde prisión son un género que ha dado buenos frutos. Leemos cartas escritas en prisión por Nelson Mandela y el Marqués de Sade, Antonio Gramsci y Rosa Luxemburg. Cervantes comenzó el Quijote en prisión; y François Villon escribió poesía mientras le esperaba la horca. De Pushkin a Mandelshtam a Brodsky, los poetas rusos escribían en un exilio que frecuentemente se asemejaba a la cárcel. Oscar Wilde escribió en la cárcel una carta de 50.000 palabras. Algunas de ellas son éstas:

 

“Al principio de mi reclusión hubo quien me aconsejó que intentase olvidar quién era. El consejo no podía ser más desgraciado. Tan sólo dándome cuenta de lo que soy he podido hallar algún consuelo. Ahora hay quien me aconseja también que, en cuanto sea puesto en libertad, procure olvidar que he estado en la cárcel. Mas sé que esto sería igualmente fatal, pues toda mi vida me sentiría perseguido por un insoportable sentimiento de vergüenza […] El lamentar la propia existencia es como impedir el propio desarrollo; el negar su propia experiencia es como sellar con una mentira los labios de su propia vida. No es menos que intentar renegar de su propia alma.”

(De profundis, 1897)

 

Estoy trabajando en un proyecto basado en un interrogatorio policial de Pavlensky en relación con una de sus acciones del 2014. Parte del título del proyecto es If this is art, una clara referencia al meollo de las causas judiciales en su contra (acto artístico versus acto delictivo), pero lo adopté pensando en el título del libro de Primo Levi, If this is a man (Si esto es un hombre). En él, el autor recuerda las palabras de un tal Steinlauf, un sargento del ejercito austro-húngaro durante la Primera Guerra Mundial, cuyo sentido es que

 

“ …somos esclavos, sin ningún derecho, expuestos a cualquier ataque, abocados a una muerte segura, pero que nos ha quedado una facultad y debemos defenderla con todo nuestro vigor porque es la última: la facultad de negar nuestro consentimiento.”

 

Aquella facultad es la que ejerce y representa Pyotr Pavlensky. Su negativa a transacciones monetarias en relación con su trabajo artístico, su énfasis en la interacción personal con todos, en la asistencia mutua, sus intentos de provocar un cuestionamiento del estatus quo de nuestra sociedad y de las reglas por las que vivimos, todo está en relación directa con las palabras de Primo Levi; son intentos de evitar la “demolición del hombre”.

 

Levi hablaba del Auschwitz y otros lagers alemanes; nosotros vivimos en un tiempo en el que Europa y otros continentes están una vez más cubiertos de campos. En esta ocasión, de refugiados. Los esfuerzos de Pavlensky por hacer lo que considera que debe, le han llevado a comisarias y prisiones de Rusia, y ahora de Francia. En una de sus cartas desde Fleury-Mérogis, la cárcel más grande de Europa, escribía: “La prisión, como un oscuro compañero, sigue al que elige el camino del artista y del arte político; a veces te alcanza”. En ocasiones festivas, no puedo evitar pensar en cómo durante un anterior encarcelamiento, en el día de su cumpleaños, su compañera fue a lanzar cohetes bajo los muros de la cárcel en la esperanza que las oiga. Y recordar el Epílogo del Requiem de Anna Akhmatova:

 

He entendido cómo los rostros se vuelven huesos,

cómo acecha el terror debajo de los párpados,

cómo el sufrimiento inscribe sobre las mejillas

las duras líneas de sus textos cuneiformes,

cómo los lucientes rizos negros o los rubios cenizos

se vuelven plata deslustrada de la noche a la mañana,

cómo las sonrisas se esfuman de los labios sumisos,

y el miedo tiembla con una risita entre dientes.

Y no sólo ruego por mí, sino por todos

los que permanecieron afuera de la prisión conmigo

en el amargo frío o en el ardiente verano

debajo de este insensato muro rojo.

(Fontanny Dom, San Petersburgo, 1940. Traducción de Kyra Galván)

 

Las acciones de Pavlensky son un ejercicio extremo de libertad y de negación absoluta a la auto-censura. Ha clavado su escroto a los adoquines de la Plaza Roja; ha cumplido siete meses de prisión preventiva tras incendiar la puerta del FSB (el Servicio Federal de Seguridad Rusa, que reemplaza a la KGB y continúa en el mismo lugar infame, la Lubyanka). Está en el séptimo mes de prisión preventiva por incendiar las ventanas del Banco de Francia, ubicado en el lugar exacto de la Bastilla; le esperan hasta diez años de prisión. En cada caso, hizo lo que juzgó necesario, desde la perspectiva artística, política y vital, sin importar las consecuencias. Dispuesto a aceptar las consecuencias.

 

Así que pienso en escribirle una carta. Si llega, tardará semanas o meses tras ser enviada para su traducción al francés, remitida para la revisión de su contenido, solo quizás entregada a un hombre que no me conoce, ni conoce el futuro que le espera. Será la segunda ocasión en la que escribo a un desconocido encarcelado. La privación de la libertad de las personas que hablan por todos es también una pérdida para los que quedamos libres. A pesar de las profundas diferencias en la relación, quizás comience con las mismas palabras de Oscar Wilde a su amigo:

 

“Después de una larga e infructuosa espera, me he decidido a escribirte, y ello tanto en tu interés como en el mío, pues me repugna el pensar que […] nada he sabido de ti, fuera de aquello que había de serme doloroso.”

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